23 de septiembre. Santa Tecla.
Querida Tecla:
El tío Pablo ha vivido siempre en la Cuevarruz, maestro en
historias, coplas, dichos y romances, desciende con su nieto, alumno predilecto
llegado de la ciudad, los dos con la mascarilla velando su rostro. Caminan
siguiendo la Alameda Cuevarruz que une los dos barrios, enclavados uno en el
término de Alpuente y parte del otro en el municipio de La Yesa. Una lluvia de
palabras desciende desde la nube, leyendas transmitidas al calor del fuego y la
azada.
Viene en este momento a la memoria tu vida, relato forjado
entre la verdad histórica y los entresijos de la fábula, escrita en el apócrifo
del siglo II “Hechos de Pablo y Tecla”. Es allí donde narra tu vida,
transformada en Vida después de escuchar al apóstol Pablo. Recuerdas muy bien
aquel año 48. Residías en Iconio. Formabas parte de una familia acaudalada que
te había prometido en matrimonio a Tamiris. Desde la ventana de tu hogar el
apóstol de los gentiles predicaba en una casa cercana. Y te enamoraste de
Cristo y su doctrina. Alarmada tu madre y tu novio denunciaron a Pablo, siendo
condenado a la cárcel. Con tus joyas abriste las puertas para poder sentarte a sus
pies y escuchar sus palabras. Flagelado y desterrado, mientras una hoguera te
espera. Un terremoto y una tormenta apagan el fuego. Huyes con él a Antioquía
de Pisidia, condenada a las fieras salvas la vida milagrosamente, retirándote a
una cueva de Seleucia Pieria, donde llevando una vida de penitencia y oración
alcanzas la ancianidad, partiendo al encuentro de Aquel que vivía en ti, Cristo
y por quien todo lo estimaste basura. Merced al libro alcanzas gran fama,
considerándote la protomártir o primera mártir entre las mujeres.
El niño regresará a Valencia, el anciano permanecerá en la
aldea. Con el devenir de los años se preguntará quién fue más sabio, si sus
maestros o su maestro, quien tan solo cuatro letras aprendió en la escuela,
pero desde la pequeñez, hundidos sus pies en la tierra, escuchó a sus mayores.

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