Santa Ángela de la Cruz.
Querida sor Ángela de la Cruz:
Cuando pase la gran pandemia, te confieso, dedicaré un día
del mes para visitar los pueblos pequeños, cuya luz ilumina la pantalla. Y en
particular durante octubre y noviembre las aldeas de término municipal de
Requena, recreando la mirada con las tonalidades de los colores marrón, amarillo,
naranja y rojo de Los Ruices, con sus cálidas casas restauradas, su iglesia y
los caseríos abandonados. Islas en este mar de viñas, que esconde los
cromatismos hasta la llegada del otoño.
A fin y al cabo ¿qué hace Dios con nuestras vidas sido
servirse de las estaciones para que se muestren los colores escondidos en el
corazón? Pienso en la tuya, la que floreció el 30 de enero de 1846 en Sevilla,
en el hogar de José Guerrero, natural de Grazalema, en la serranía de Ronda, y
Josefa González, hija de padres naturales de Arahal y Zafra, y en tu parroquia,
Santa Lucía: A los 8 años la primera comunión, a los 9 la confirmación, la
escuela y a las 12 a trabajar como aprendiz en un taller de zapatería, lugar
donde conocerás al canónigo José Torres Padilla, a quien con 16 primaveras
tomaste por director espiritual en el camino de la perfección, podada en dos
ocasiones a causa de tu salud: las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la
Caridad. La vid pacientemente lloró, aceptó y dio fruto: las Hermanas de la
Cruz el 2 de agosto de 1875. Siguiendo a san Francisco de Asís con tus hijas os
entregasteis a las personas necesitadas, pues “¡qué hermoso sería un instituto
que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza, para de este modo ganar a los
pobres y subirlos hasta él”. Con la vida de penitencia de los Padres del
Desierto, la humildad de san Francisco de Asís y la caridad de san Vicente de
Paúl, comenzasteis a acogerlos y a cuidar de ellos en sus domicilios. A los 85,
el 2 de enero de 1932, en Sevilla, el racimo pasaste a las manos del Viñador.
Te miro en una fotografía, tus ojos traspasan el alma de
quien te mira, buscando a Dios en el páramo.

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