21 de junio. San Luis Gonzaga.
Querido Luis:
Sobre el ribazo del barranco de Benialfaquí, Catamaruch, en
el término de Planes y Comptat o Condado de Cocentaina, la sólida y compacta
Iglesia Parroquial de San José se alza. Un joven camina, alza los ojos y busca
en la Compañía de Jesús la solidez de quien “es criado para alabar, hacer
reverencia y servir a Dios nuestro Señor”.
15 de agosto de 1583, un adolescente italiano camina
cabizbajo y taciturno por las calles del Madrid de los Austrias. Es allí, en la
capilla del Real Alcázar donde tus padres italianos Marta y Ferrante
contrajeron matrimonio. La ciudad es la capital del Occidente y a ella regresa
el matrimonio acompañado por sus hijos. Pero tú eres diferente. No sueñas con
servir al rey D. Felipe II sino a su Señor. Abres la puerta de la iglesia del
Colegio Imperial, entras, asistes a misa, comulgas, alzas el rostro, contemplas
la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo. En el desierto interior escuchas
una voz. Esta te invita a formar parte de la Compañía de Jesús. Regresáis a Mantua
(Italia) y en noviembre renuncias a los derechos de primogenitura y el
marquesado.
Comienzos de 1591. Roma. La peste campa por la Ciudad
Eterna. Los hospitales no se encuentran preparados para acoger a tantos
enfermos. En febrero la cifra de muertos alcanzaba los 60.000. La Iglesia
colabora con los sanitarios. Horas y horas, codo con codo con ellos, te
entregas hasta sufrir la suerte de estos: ser contagiado, enfermar y morir el
21 de junio de aquel año. Contabas con veintitrés años. “Él a cambio de un
trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el
cielo a la suprema felicidad”, escribiste a tu madre días antes de entrar en el
cielo.
Paseo entre los cerezos en flor, recreando la mirada con
este espectáculo indescriptible que ofrece cada primavera la hermana
naturaleza. Árboles que dan y se dan, sin miedo al pedrisco y las tormentas.

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