23 de julio. Santa Brigida.
Querida Brigida:
Situada a 1.000 metros de altitud, rodeada por campos de
cereales, viñas y huertas, la aldea de Corcolilla, perteneciente al pueblo de
Alpuente (Los Serranos) y desde 1960 a la archidiócesis de Valencia, en la
noche el cielo libre de contaminación invita a contemplar las estrellas,
esferas de fuego centelleante en la oscuridad del universo.
En esta noche de verano ellas calladamente me hablan de ti,
del lejano Norrtalje, en Suecia y el año 1303, cuando naciste para recorrer en
la fugacidad de la vida el firmamento de la Europa medieval. Desde temprana
edad iniciaste una experiencia interior auténtica, determinada por las
revelaciones en las que dialogabas con las Personas Divinas, la Virgen, los
santos y los demonios. Esposa, madre, terciaria franciscana y fundadora,
¿recuerdas la primera etapa de tu vida? Tu esposo Ulf, vuestros ocho hijos, las
visitas a los santuarios y la peregrinación a Santiago de Compostea. ¡Cuánto
dolor durante el regreso! Su enfermedad y muerte en tierra patria. Viuda
repartiste tus bienes, te retiraste al austero monasterio cisterciense de
Alvastra y tiempo después, a fin de participar del Jubileo de 1350, con tus
hijos marchaste a Roma, recorriendo e iluminando una Europa asolada por la
peste, la guerra de los Cien Años y la crisis del papado. Con tenacidad te
dirigiste al Obispo de Roma para que regresase a la ciudad donde Pedro había
asentado la Piedra. La oración, la eucaristía, los sacramentos, el auxilio de
los enfermos y las sucesivas peregrinaciones a Asís y Tierra Santa, acompañada
por tu hija santa Catalina, y el doble deseo de recibir la aprobación
pontificia de la Regla de una Orden religiosa que deseabas fundar y conseguir el
regreso del pontífice tejieron los últimos años de tu vida, muriendo en 1373.
La noche siempre ha acompañado a la Iglesia, pero nunca la
oscuridad, pues vosotros las santas y los santos habéis sido Via Lactea para
quienes peregrinamos por el camino de la vida.

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