24 de marzo. San Oscar Romero.
Querido Oscar Romero:
Una casa rodeada de fértiles tierras acariciadas por el río
Magro, familias de aparceros cultivadores de la vega, y la vid se transformó en
una parra formada por cincuenta sarmientos, casas de descanso y recreo en el
devenir de los tiempos. Y es junto a la blanca fuente donde escribo a quien
fuiste el buen pastor que entregó su vida por las ovejas la víspera de la
Anunciación. Aquella tarde del 24 de marzo de 1980, en la capilla del Hospital
Divina Providencia de San Salvador la lanza atravesó tu costado en forma de
disparo.
15 de agosto de 1917 en la parroquia Ciudad Barrios (El
Salvador) conmemoran la Asunción de María a los Cielos. En tu hogar desciendes
arropado por tus padres Santos y Guadalupe. Niño de salud frágil y corazón
fuerte en el Inmaculado Corazón de María. A los trece años ella te conduce a
Cristo, ingresando en el seminario, de allí a la Pontificia Universidad
Gregoriana de Roma, ciudad donde cual sarmiento fuiste injertado en el
sacerdocio. Y comienzas a dar fruto sirviendo en la viña del Señor como párroco
y secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. El Papa San Pablo VI
te nombra obispo auxiliar de San Salvador, recibiendo la consagración episcopal
el 21 de junio de 1970. Obispo de la diócesis de Santiago de María y arzobispo
de San Salvador, la cátedra donde ejercerías tu magisterio, cercanía hacia el pueblo de Dios y voz que
clamaba a través de la radio. Un día como hoy, 12 de marzo, de 1977, tu amigo
jesuita el padre Rutilio Grande, fue asesinado en la ciudad de Aguilares. Tres
años después le seguiste en el camino del martirio.
Tu voz sigue resonando, tus palabras iluminando, tu mensaje
alumbrando las conciencias. La voz de quien “dejó la seguridad del mundo para
entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el
corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos” (Papa Francisco). Voz que clama
frente a la indiferencia hacia quienes son grito en el corazón del Padre.

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