25 de enero. Mossen Manuel Domingo Sol.
Querido Mosén Manuel Domingo Sol:
En el horizonte un coche circula por la estrecha
carretera, laberinto entre pinares y viñas del término municipal de Requena. El
vehículo se detiene ante una vivienda de Casas de Sotos. Desciende el
sacerdote, llevando en sus manos a la comunión. Le esperan dos ancianos. Sarmientos
temblorosos le acogen. Él recuerda las palabras de sus formadores en los
efímeros años del seminario. No hay pueblos ni aldeas pequeñas, sino almas
grandes que viven en ellos.
“La formación del clero es lo que podríamos decirla llave de la
cosecha en todos los campos de la gloria de Dios”, escribiste. Quien habías
nacido en Tortosa en 1836, ordenado sacerdote, y servido en La Aldea (Tortosa),
la parroquia de Santiago de la ciudad, como misionero diocesano, párroco,
confesor de religiosas, profesor de instituto y apóstol de la juventud, un día
de febrero de 1873 encontraste al seminarista Ramón Valero. Aquel joven vivía
de limosna con otros seminaristas, víctimas de la destrucción del seminario
durante la Revolución de 1868. Aquel encuentro como a Francisco de Asís con el
leproso, orientó tu vida hacia la formación de quienes serían labradores de la
viña de Dios, fundando la Hermandad de Sacerdotes Diocesanos y los colegios de
vocaciones de Valencia (1884), Murcia, Orihuela,…, el Pontificio Colegio
Español de Roma (1892) y el Templo de Reparación de Tortosa (1903), descansando
en el Señor el 25 de enero de 1909.
De este modo te convertiste en padre para los
sacerdotes, a quienes con tus escritos y vida sigues fortaleciendo mediante el
espíritu de reparación al Corazón de Jesús y el amor a la Eucaristía.
El joven sacerdote se despide, los ancianos se
miran, entrelazados por la presencia de Cristo. La misa de la Basílica prosigue, en la
televisión el sacerdote pronuncia “Este es el Cordero de Dios”, le miran, “y hoy,
gracias a nuestro cura rural, estás allí y aquí, en nuestro corazón”.

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