3 de febrero. Santa Claudina.
Querida Claudina:
Próximo a la rambla de Andilla, en la comarca de Los
Serranos, sentado en la pequeña escalera
de acceso, contemplo el lavadero de Artaj. ¡Cuantas niñas descendieron por
estos escalones llevando la ropa! ¡Cuántas niñas encontraste en la ciudad de
Lyon, esclavas de las losas! Y tú las liberaste de sus cadenas con las tenazas
del Evangelio y la educación.
¿Recuerdas la ciudad de Lyon?, ¿el cálido ambiente
de tu hogar, tu cuna desde el día de tu nacimiento en 1774?, ¿tu parroquia la
Église Saint-Nizier y la Abadía de San Pedro de la Orden Benedictina? Pero hay
un momento terrible y luminoso hasta alcanzar el tuétano: durante el asedio de
Lyon, delatados por familiares, el 5 de enero de 1894 tus hermanos Luis y
Francisco fueron conducidos al cadalso: “¡Ánimo Clady, perdona como nosotros
perdonamos!” exclamaron al encontrarse contigo.
Tiempos de hambre y niñas abandonadas. Pero también
del providencial encuentro con el padre Andrés Coindre, quien en 1815 te presentará
a dos niñas pequeñas que había encontrado abandonadas y temblando de frío: “hay
que formar una comunidad, Dios te ha elegido” y tu respuesta al sacerdote,
después de fundar asociación, se materializó la noche del 5 al 6 de octubre de
1818, “me parecía haberme lanzado a una empresa loca sin ninguna garantía de
éxito”, abandonando tu familia te consagrase por entero a las niñas, pues “hace
falta ser madres de estos niños, sí, verdaderas madres tanto del alma como del
cuerpo”, “¿no oís el grito de la miseria humana que busca a ciegas la ruta de
la felicidad? Amor, bondad, prevención, mujeres valientes, enérgicas, amantes
de su misión: la Congregación de las Religiosas de Jesús y María. El 3 de
febrero de 1837, crucificada por el
fallecimiento de una religiosa, la muerte del padre Condre y numerosas luchas y
silencios pronunciaste tus últimas palabras: “¡Qué bueno
es Dios!”.

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