Beata María Ángeles Astorch.
Querida María Ángeles Astorch:
Navalón, en el término de Enguera, con su Iglesia Parroquial
Nuestra Señora de Belén es un pueblo blanco y luminoso, espacioso, silencioso, apartado
y solitario. En sus montes las Hermanitas del Cordero hallaron el desierto
donde el pequeño Monasterio de la Transfiguración.
Una niña sale de una de las casas, lleva en sus manos un
libro, entra en el pequeño jardín abrigado por los muros de la iglesia, se
sienta en un banco y comienza a leer. En sus páginas otra niña, huérfana de
madre y padre, camina por sus pensamientos, en sus manos lleva un libro, uno de
los que ha legó su progenitor, librero, antes de morir. Busca, en la Barcelona
de 1599, un lugar donde sentarse y leer. Los almendros le ofrecen su verde
fruto, el libro queda postrado en el banco de piedra, las toma y come. Cuenta
con siete otoños, las toxinas provocan una muerte aparente. Su hermana
religiosa y la madre Serafina, iniciadora de las capuchinas en Barcelona, rezan
ante el catafalco, la pequeña despierta. “Mi niñez no fue sino hasta los siete
años; de estos en adelante fue ya mujer de juicio y no poco advertida, y así
sufrida, compuesta, callada y verdadera”, escribes años después. Cuatro años
después llamas al convento de las capuchinas. La madre Serafina Prat te recibe
como hija. Tu maestra, “rígida en extremo, así para sí misma como para las
demás” abre su corazón a los celos, maltratándote hasta lograr te plantees
buscar otro convento. A las 17 años profesas, a los 22 te envían a fundar en
Zaragoza y de allí en 1645 a Murcia. Allí sufres la peste de 1648 y las riadas
de 1651 y 1653, partiendo el 2 de diciembre de 1665.
Ávida lectora de libros en latín, de la Biblia, el Breviario
y las Vidas de los Santos Padres, fuiste, en palabras de S. Juan Pablo II, “la
Mística del Breviario”, fuente de tus experiencias sobrenaturales.
La niña se levanta, acompañada por el libro, sale del
pueblo, pasa por delante del campamento Mare de Déu de la Salud, se sumerge en
el bosque.

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