San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin:
Mañana de diciembre, con la mascarilla cubriendo el rostro,
asciendo hacia lo alto del cerro y desde allí contemplo Campo de Abajo. La
niebla pinta de ceniza el paisaje, se acerca un joven labriego al que llaman
Francisco Pinazo Peñalver. El joven que conoce a los franciscanos de Chelva me
cuenta tu vida.
En 1474 en Cuauhtitián, integrada en el reino Texcoco,
naciste el niño chichimeca al que tus padres llamaron Cuauhtiatoatzin, “Aguíla
que habla”, “El que habla con un águila”. Con la llegada de Hernán Cortés a
Tenochtitlan en 1519 y la conquista de México, atraídos por las enseñanzas de
los franciscanos recibiste el bautismo en ciudad de los aztecas en 1524,
contrayendo matrimonio con quien en 1529 fallecía. Fueron tiempos de misa y
estudio del catecismo. El dolor por la pérdida de quien era “hueso de tus
huesos y carne de tu carne” fue confortado dos años por nuestra madre María.
Mientras te dirigías a Tlateloco, a los pies del cerro de Tepeyac, el 9 de
diciembre de 1531 la Señora se presentó ante ti te pidió solicitases al obispo
franciscano Juan de Zumárraga construyese un templo en el lugar. Negándose el
prelado el 12 de diciembre la Virgen te pidió subir a lo alto de la árida
colina, recogieses flores brotadas milagrosamente en el invierno mexica y se
las llevases al obispo. Al abrir la tilma dejaste caer las flores y en el
tejido apareció el icono de la Virgen de Guadalupe. Desde aquel día tu vida fue
la del humilde siervo de quien te había arropado bajo el manto de su mirada:
pobreza, humildad, penitencia, contemplación de la imagen en la “capilla de los
indios”, hasta encontrarte con ella el 30 de mayo de 1548.
El frailecillo se aleja, la niebla se levanta, desciendo y
regreso a casa, sentado en despacho, contemplo a la Guadalupana, obsequio de un
hermano sacerdote, traída de México. Callada, silenciosa, atrae al silencio, la
oración, el encuentro con Dios.

Comentarios
Publicar un comentario