Santa Teresa Eustoquio Verzeri.
Querida Teresa Eustoquio Verzeri:
En el vértice superior del triángulo formado por Corcolilla,
La Cuevarruz y la Almeza se halla esta última, aldea de Alpuente. Construcciones
donde afloran los rojizos colores de la piedra, salpicadas por las blancas
casas, con tejados de teja moruna. Abandono el lugar camino por el sendero de
Las Trabinas Cañada de los Pastores, dejando mis pensamientos en poder de quien
se abandonó en el Espíritu Santo, guiada por los sacerdotes.
Fueron ellos tus consejeros en Bérgamo, la Lombardía
(Italia) donde naciste el 21 de julio de 1801, pues el canónigo de la catedral
de tu ciudad, José Bengalio, te obligó verbalmente entrar y salir del convento
de las benedictinas de Santa Grata. En la última como Samuel la voz de Dios te
envió al servicio de las niñas en una pequeña casa a la que llamaste Gromo.
Allí ante este sacerdote con tu hermana y dos jóvenes emitisteis los votos
simples para así plantadas en la tierra de Dios educar a la juventud, enraízas
en una vida de silencio y ayuno, zarandeada por las pruebas interiores,
mientras el árbol crecía y daba fruto en vocaciones, entre ellas tus tres
hermanas, tu madre y numerosas jóvenes. Al igual que Elí con el profeta y juez
Samuel, el canónigo Bengalio os ayudo en la redacción de las reglas y
constituciones, inspiradas en los escritos de san Ignacio de Loyola: escuelas
para los niños pobres, visitas a las mujeres enfermas, centros religiosos y de
recreación para las jóvenes y retiros dirigidos a las mujeres. Al mismo tiempo
el obispo de Bérgamo, el beato Luis Pavoni, de Brescia, el cardenal prefecto
Patrizi lograron la aprobación de la Congregación de las Hijas del Sagrado
Corazón, creciendo y transformando el agreste llano en un bosque. En Roma el 3
de marzo de 1852 la sabina se fundió con el viento, “amada en Amado transformada”,
abrasada por la epidemia del Cólera.
La mirada se detiene ante la sabina “La Juana”, árbol
monumental de más de quinientos años.

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