Santa Rosa de Lima
Querida santa Rosa de Lima:
Esta mañana de invierno he regresado a este mar de viñas
sólidamente arraigadas en una tierra que cambia de color según el cielo y la
estación en que se mire, a la meseta de Utiel-Requena, donde los reinos de
Castilla y Valencia se funden en las singulares aldeas: El Pontón, El Azagador, el
Derramador, Roma, Barrio Arroyo, San Juan y Calderón regadas por el río Magro.
Barrio Arroyo, el pueblo de los de la “tierra colorá” ha sido la meta, después
de visitar el monumento a la Peseta asciendo hacia el Parque de los
Trilladores.
“Llagado corazón el fuego del amor de Dios, en cuya fragua
se labró. Solo sana quien lo labró con amor”, leo en la pantalla del teléfono
celular este poema escrito por ti. Isabel Flores de Oliva, “una rosa en que se
recrea Jesucristo” (santo Toribio de Mongrovejo), corazón puro y dedicado a la
contemplación. Nacida 1586 en el hogar formado por la costurera indígena de
Húanuco (Perú) María de Oliva y Herrera y el arcabucero de Baños de Montemayor
(Cáceres) Gaspar Flores. Admiradora de la terciaria dominica santa Catalina de
Siena, a temprana edad comenzaste con la complicidad de tu hermano Hernando, a
llevar una vida de penitencia, oración y auxilio de la población indígena y
negra. No pudiendo ser monja, por prohibición paterna, transformaste tu casa en
un hogar de Nazaret, tu huerto en el jardín donde el Amado te contemplaba “como
rosa entre espinas” (Cantar de los Cantares 2, 2) y la Capilla del Rosario
(Iglesia de Santo Domingo, Lima) el altar del desposorio. El Amado sirviéndose
de la imagen del Niño Jesús rasgó tu alma: “Rosa de Mi Corazón, yo te quiero
por Esposa”, cual Virgen María, la Amada respondió: “Aquí tienes Señor a tu
humilde esclava”. Gravemente enferma de tuberculosis, sintiendo el cariño de
los limeños, saliste al encuentro del Amado el 24 de agosto de 1617, contabas
con 31 años.
Paseo entre los sarmientos, sin hojas ni racimos,
despojados, golpeados por el gélido viento, acariciados por los cálidos rayos
del sol.

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