13 agosto. Juan Berchmans.
Querido san Juan Berchmans:
Los rastrojos, los corrales, los descubiertos y los
rulos de paja acompañan el sendero, asomándose la iglesia de Santa Bárbara.
Amanece en Mas del Olmo, Ademuz. 26 de diciembre de 1902, en el Seminario Romano
el joven Angelo Giuseppe Roncalli, san Juan XXIII, escribe: “Oh mi san Luis, oh
san Juan Berchmans, qué lejos me veo de vuestra unión con Dios” (Diario del alma).
El corazón del “papa bueno” siente la cercanía de quien eres uno de sus santos
protectores. La simiente crece en la tierra de la oración, alimentada por la
lluvia de tu vida y tus palabras.
¿Recuerdas tu pueblo? Diest, en Flandes (Bélgica),
días antes de la primavera, el 13 de marzo de 1599, en la trastienda del
taller, Juan, zapatero y curtidor de pieles, abraza el primer fruto nacido de
su matrimonio con Isabel, la hija del
alcalde. En el hogar el trigo germina y en la noche de luna y estrellas asoma
el tallo. Débil, alto y de sonrisa luminosa, crece con la mirada dirigida hacia
la Inmaculada, el deseo de aprender y el sueño de ser santo. Las estaciones se
suceden, la enfermedad de tu madre, la falta de dinero para costear los
estudios, los fríos años en Malinas, trabajando y estudiando, la muerte de tu
madre. La primavera despierta: ingresas en el noviciado de los jesuitas, tu
padre es ordenado sacerdote, caminas hasta Roma. Tú, espiga de Dios eres dorado
apresuradamente por el sol de la enfermedad. El 13 de agosto de 1621 la campana del Colegio
Romano suena, se inician las clases, entras en el horno de la santidad, cocido y
transformado en pan partido y compartido para los jóvenes belgas, novicios y seminaristas.
Dos ancianos suben la cuesta, comentan el precio de
la cosecha. Los hombres recios alzan su mirada cielo. En sus manos curtidas leo
tus pensamientos: “haré cada cosa como si fuera la última vez de mi vida; “lo
que pueda hacer ahora no lo dejaré para después; haré muchísimo caso de las
cosas pequeñas”. Atardece, en el hogar Olga y Ángel preparan la cena.

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