15 noviembre. San Alberto Magno.

 


Querido san Alberto:

No es el Danubio ni el rumor de las aguas que escuchaste cuando naciste en Lauingen (Alemania) allá por el año 1193, pero la débil corriente del Ebrón en la aldea perteneciente a Castielfabid, Cuesta del Rato, el silencio de la vega y la campana Purísima Concepción me invita a entrar en la ermita y participar en la misa, experimentando tus palabras acerca de la Eucaristía: “lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquella en que Dios nos muestra su dulzura?”.

Las dulces aguas te guiaron por las universidades de Padua, Colonia y París. abandonándote en Dios al que serviste como dominico, sacerdote, obispo, filósofo, hombre de ciencia y maestro en París, Hildesheim, Friburgo de Brisgovia, Ratisbona, Estrasburgo y Colonia, donde el 15 de noviembre de 1280 alcanzaste la Eternidad.

En este descender tus ojos observaban, describían y clasificaban los elementos de la Creación mediante la botánica y la alquimia, la geografía y astronomía, descubriendo el arsénico y defendiendo la redondez de la tierra. Tu mirada mística alcanzaba y anunciaba los misterios de la Fe, “el modo, sin embargo, del que enseña lo divino es para que implore por la oración la verdad de las cosas divinas que deben ser transmitidas a otros, porque en todo negocio teológico hay que comenzar desde la oración”.

El sacrificio eucarístico ha concluido, tiempo de silencio. Permanezco sentado en el banco, recorro las calles, contemplo con Cristo la naturaleza. Todo es gracia.

 

 

 

 

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