Beata sor María Romero Meneses
Querida beata sor María Romero Meneses:
Este lunes de invierno he aprovechado para subir hacia el
último peldaño del tejado de la Comunidad Valenciana, La Puebla de San Miguel,
próxima al Alto de las Barracas o pico Calderón, situado a 1839 metros sobre el
nivel del mar. Caminando por la gran bóveda verde de nuestra diócesis, delante
de la ermita de la Purísima se detiene un vehículo. De él desciende una anciana
y su chófer y cuidadora. Por su acento procede de Hispanoamérica. Me habla de
su país, a mitad de la conversación me muestra la estampa que lleva siempre
consigo y me cuenta tu vida, su compatriota.
Naciste en su pueblo, la ciudad colonial de Granada en
Nicaragua, el 13 de enero de 1902, el mismo año que mi abuelo Leonardo. De
ascendencia española fuiste educada en el colegio recién fundado por las Hijas
de María Auxiliadora. Entusiasmada por los ideales de Don Bosco profesas como
salesiana en 1923. Ocho años después eres enviada a Costa Rica y allí, con viva
sensibilidad evangélica, te entregas al servicio de las jóvenes, a las que
llamas, “misioneritas”; de los migrantes nicaragüenses y los más pobres del
país huetar: la “Casa de la Virgen”, consultorios médicos, farmacias, internado
para niñas de la calle, centros de catequesis, alfabetización y formación en
cocina y costura, construcción de viviendas para albergar a familias que vivían
en condiciones infrahumanas, ropero, reparto diario de canastas con alimentos
básicos,… “Con un amor apasionado a Dios y una confianza ilimitada en el auxilio
de la Virgen María, religiosa ejemplar, apóstol, y madre de los pobres, que,
sin excluir a nadie eran sus preferidos”, escuchaste predicar a san Juan Pablo
II. Agotada, retornas a tu país, tu corazón sufrió un infarto el 2 de julio de
1977 y saliste al encuentro con “mi Rey” y “mi Reina”.
La anciana se aleja acompañada de su asistenta. ¡Cuántas
personas mayores pueden permanecer en sus hogares, recibiendo afecto y cuidado,
gracias las mujeres inmigrantes!

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